Malas,

Este el es primer post de este blog, el de prueba, no?

adolescentes en celo

Como gatos y gatas, maullando en los patios traseros de las casas, trepándose en los tejados y muros, razgando el forro del sofá, buscando otros maullantes para que les alivien una intolerable comezón en el pescuezo. Chicos y chicas en celo, desesperados y sin esperanza. Van a bares y a cine, todo les rasca. Como si tuvieran ropa interior de lana. Calzones de fique, como dice la ranchera. Ni siquiera durmiendo descansan. En sus sueños sólo hay más patios traseros, más tejados, más muros. Un paisaje desolado que parece extenderse por siempre. Las malas amistades les mandan sus más tiernos saludos y los acompañan en su sufrimiento.

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concertina desaforada

Pues lo que vamos a postear acá abajo es una canción africana de unos tipos (¿o será sólo uno?) que usan concertinas. Suena como una harmónica tocada por alguien con un ataque de asma: inhala y exhala, inhala y exhala, inhala y exhala cada vez más duro. Suena como una espiral, como una montaña rusa, como acabar de despertarse de un sueño intranquilo. La cosa fue grabada en Africa del Sur, por los miembros de una tribu conocida como Xhosa, Zulu, Swazi y Swati, en la segunda mitad de los años 50. Y la foto que acompaña este post no tiene nada que ver con esos tipos, los Xhosa-Zulu-Swazi-Swati. Son apenas unos bailarines en el Africa meridional pasándola bien. Pero la foto es bonita y africana y nos imaginamos que los tipos (o el tipo) que tocaba la concertina también la estaba pasando bomba, así que tiene algo de lógica.


concertina nguni.mp3

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Canarios encantadores (1)

Idolos de la cancion moderna

playeras, a lo lejos

En la playa, cuando van a la playa, las malas amistades, que son gente del interior, de las montañas, no pueden evitar sentirse medio desnudas sin tener una montaña grande y con una iglesia en la cima protegiéndolas, asegurando que en caso de cualquier inundación extraordinaria, una catástrofe acuática imposible, todo lo que está del otro lado de la montaña quedará anegado mientras las malas amistades y el resto de Bogotá sobrevivirán. Igual, a veces les toca hacer el sacrificio y terminan en la playa. Enfrentan su sensación de orfandad, de retaguardia descubierta, y terminan al pie del mar. Atrás también quedan los pantalones los sacos y los chalecos de rayas y los guantes de lana. En la playa, la gente usa vestidos de baño y las malas amistades también. A las malas amistades les gusta ver a la gente en vestido de baño, aunque las malas amistades mismas no se ven tan bien. Es por tener la piel demasiado blanca, eso refleja el sol y enceguece a la gente que pasa por el frente. Claro que después de un par de semanas al sol, cuando la piel está morena y las malas amistades creen haber superado ya la nostalgia por las montañas, les entra una suspiradera inexplicable. Hasta peligrosa. Suspiran tomando café con leche frente a la playa y eso, en ocasiones, los hace atorarse y escupir el café con leche. Y la gente pensará que qué falta de educación, que aún si estuviera feo no debería escupirlo así tan descaradamente, que pidan permiso para ir al baño y ahí sí lo pueden echar al lavamanos o al inodoro o a los sifones misteriosos en la mitad del piso de los baños en la costa. Pero no es mala educación. Es pura suspiradera.

camión malamistoso

El camión malamistoso hace ruido. Es todo lo que hace. También se mueve, obvio, no sería un camión de lo contrario. Pero básicamente está diseñado para hacer ruido. Un ruido profundo como de treinta y cinco aspiradoras atragantadas con bolsas de plástico, como exhostos taponados, como ríos represados. Nadie que experiencie el ruido del camión malamistoso puede dejar de compararlo a un fenómeno natural. Es incansable, repetitivo y cabeciduro como la naturaleza. Y el ruido viene de un complejo sistema mecánico al interior del camión, un sistema de tornillos y ruedas dentadas, de resortes y aceite, de gasolina y metal. No es que adentro tenga un equipo de sonido gigante, con un sub-woofer todopoderoso, ni nada. Sólo existe para hacer ruido.

El camión malamistoso está parqueado hace meses cerca del edificio donde vive una de las malas amistades. Parece vivo. Por la noche no hace ruido, como su durmiera, y de día, temprano en la mañana, vuelve con su rugido constante. Las malas amistades saludan el ingenio tras el camión malamistoso y se quitan el sombrero ante un proyecto de tan compleja y sonora inutilidad.

Canarios encantadores (2)

Idolos de la cancion moderna

incompetencia

La incompetencia. Hace tiempo que las malas amistades se resignaron a su destino y abrazaron la incompetencia. Con algo de dificultad, es cierto. Con duda, tentativa, tímidamente. Como si fuera una tía con una berruga en la nariz que va a comer a la casa los domingos y que pellizca los cachetes de los niños de manera terrible, aprovechando que no pueden defenderse ni llorar porque sería cobardía y signo de que no pueden lidiar ni con las pocas cosas con las que no debían tener el menor problema lidiando, como ir al baño solos, sonarse la nariz y aguantar ciertos cariños medio sádicos de ciertos parientes.

Y, como un niño, las malas amistades terminaron cogiéndole el gusto a la incompetencia. Pero es raro. Porque apenas le cogieron el gusto, cuando ya se acostumbraban a la idea, se les ocurrió otra cosa: ¿qué tal que uno fuera competente?¿En qué clase de competencia podrían participar las malas amistades sin quedar descalificadas, humilladas, destrozadas en alma, cuerpo y espíritu? En este mundo tan lleno de mediciones y competencias, de concursos de comer perros calientes, de hacer pizza, de balancear botellas en la quijada, es imposible que no haya ya algo en lo que las malas amistades puedan tener más que un papel honroso, algo en lo que puedan incluso brillar, rutilantes como el sol. Y esa idea era como otra tía de las comidas dominicales, sólo que jovencita y divina y sin berrugas en la nariz, aunque siempre distante y callada y como esperando que los niños hicieran algo bien inteligente y extraordinario para demostrar que merecían su afecto.

Pero después de una pausa uno dice que no quiere ganarse el afecto de nadie. A menos de que venga con un billete de lotería encontrado en la calle. Las malas amistades sólo quieren el afecto cuando es regalado, cuando se da así no más, sin explicaciones y sin pedir recibo y sin esperar afecto o nada más a cambio. Sólo así las malas amistades pueden devolver –y con creces, aclarémoslo desde ya aunque no tiene la menor importancia- el afecto recibido.

imágenes de Bogotá con mar (1)

Al derretirse el hielo de los polos, Bogotá quedó con mar. Todo lo demás de Colombia, lo que quedaba por debajo de los mil doscientos metros, fue cubierto por el agua. Algunos bogotanos, nostálgicos de los viajes que hacían en Semana Santa o en los puentes más largos a Melgar o Girardot, bajaban buceando un par de kilómetros para caminar, ayudados de anclas y pesas, por los fantasmagóricos kokorikos sumerjidos. Esas figuras medio monstruosas, torpes e ingrávidas en sus trajes de plástico reforzado, veían maravillados los huesos de pollo flotando elegantemente, dándose contra el techo del asador herrumbroso, y las cajas de cartón de los plátanos bailando en el piso, empujadas por la corriente contra las sillas de fórmica roja ahora cubiertas casi por completo de musgo, enseñando su color original solamente en parches, como si lo rojo fuera una infección rara, una calvicie enfermiza, del ondulante tapiz verde que lo cubría todo.

Las expediciones no estaban exentas de peligro. Alguna gente, confundida por la familiaridad del paisaje y el oxígeno contaminado de sus tanques, trataban de quitarse los trajes de buceo y echarse a lo que antes eran piscinas de finca, que los llamaban con canciones seductoras, como sirenas. Estos hoyos en el suelo, estas piscinas pequeñas, cubiertas de azulejos y baldocines blancos, con toboganes o tablas de clavado en sus extremos, toboganes y tablas que se habían cubierto también de algas mientras esperaban inútilmente el día en que los humanos volvieran a saltar en ellos, a deslizarse por ellos, a partirse la frente y los dientes sobre ellos, estos bien intencionados y refrescantes agujeros rectangulares en el suelo se convirtieron en una trampa mortal para algunos de los pocos humanos que habían sobrevivido el cataclismo climático y ambiental.

Después de un centenar de muertes, el descontento de los bogotanos todavía vivos (a los muertos ya todo les importaba poco) se hizo patente y los pedidos para que las autoridades ‘hicieran algo’ comenzaron a repetirse. Cada muerto vestido de buzo causaba más y más intranquilidad, como si las dimensiones del cataclismo ambiental se encarnaran en esos cuerpos hinchados, flotando en el agua, muestra de nostalgias mal puestas, nostalgias que matan. Era también impaciencia de la gente, impaciencia de los que todavía estaban en sus casas secas y con ropa limpia, de la gente que salía a ver los atardeceres con cachuchas de plastico, que no podían entender como estos buceadores no podían aceptar lo que todos tenían que aceptar, porque no quedaba mas remedio. Impaciencia de que no aceptaran el nuevo orden planetario que incluía a una Bogotá con mar.

‘¿Qué tal que todo el mundo se muera?’, preguntaba la gente. En respuesta, la policía distrital detuvo al tipo que llenaba de oxígeno los tanques, lo acusó de envenenamiento masivoy le cerró el negocio, destruyendo las máquinas compresoras de aire y decomisándole todos los tanques llenos y sin llenar. Así el buceo dejó de hacerse y los muertos dejaron de aparecer. Y las piscinas se quedaron quietas, llenándose de plantas y pescados, esperando que la gente volviera al fondo del nuevo mar.

súper enemigos

Las malas amistades sienten una inocultable afinidad con los villanos, qué se le va a hacer. Así son las cosas. Que quede claro desde ya. Incluso en su más tierna infancia, cuando veían las series de muñecos animados de los súper amigos, se imaginaban otra serie paralela: los súper enemigos.

Los súper amigos se reunían en una especie de quirófano, todo limpito y bien iluminado y, en la imaginación de las malas amistades, los súper enemigos eran todo lo contrario, se reunían en un sitio mugroso y lleno de cosas, atiborrado como un depósito al fin del mundo, con sorpresas por todos lados y lucecitas de navidad todo el año. Allí los súper enemigos harían planes terribles que jamás completaban porque su naturaleza era ser enemigos y, por lo tanto, inútiles a la hora de hacer cosas con otra gente, incapaces de confiar en otros –y de que otros confiaran en ellos.

Las vidas de los súper enemigos eran pura soledad, rodeados, como estaban, de montañas enormes de hosquedad y deslealtad que apenas los dejaban gruñirse mutuamente y, a veces, cuando se sentían más demostrativos, apuntarse con pistolas cargadas, respirando pesadamente y parpadeando sin parar.

Los súper enemigos sólo podían confiar en sus novias, con quienes compartían todos sus secretos. Era una vida dura, la de los súper enemigos. Pero sus novias eran todas bonitas e intensas, de piernas largas y miradas penetrantes. Leían a Kierkegard en la playa y a Corín Tellado en el baño. Y en la cama, eso eran puros fuegos artificiales. Por lo apasionadas, no por lo artificiales. Y al final, ¿pues qué? El crimen no paga pero el bien tampoco. Lo único que paga es la lotería, y eso sólo a veces.

playeras, a lo lejos (2)

En la playa, con la tía bonita y bien compuesta. La tía de la que hablábamos hace un rato, no la de la berruga en la nariz sino la otra. La tía que quiere que uno se merezca su estima, que no lo estima a uno como algo natural, inmediato, que no da esa clase de aprecio, la única clase de aprecio, que las malas amistades reciben sin sospecha.

Con la tía, en la playa, hace sol. Las malas amistades, acostadas en la playa, se broncean la panza. La tía, debajo de una sombrilla colorida, mira a lo lejos y dice creer ver un barco en el horizonte. Las malas amistades, enfurruscadas sin motivo, miran al cielo y rezan para que llueva.

papas

Dicen que es importante escuchar. Para establecer una buena relación con la otra persona, hay que escuchar. Eso dicen. Poner atención a lo que dicen y responderles con cosas relacionadas. Si, digamos, le hablan de las plantas del páramo, toca hablar de las aves del páramo o de las papas paramunas. No de los vestidos de baños tan chéveres que uno alguna vez vio en una tienda que cerraron hace años y como uno no es capaz de perdonarse del todo no haberlos comprado en esa época. A menos de que la conversación sea de oportunidades perdidas. Ahí, está bien hablar de los vestidos de baño. Y las papas paramunas no vendrían a colación. Aunque igual, se podrían mencionar de pasada, para que la otra persona sepa que uno a veces piensa en cosas así, pero sin ponerle demasiado énfasis ni irritarse si no le responden.

por las uñas

A veces, para escandalizar a la gente –a las masas taimadas por la televisión y el clima amodorrador que por estas épocas se ha vuelto usual en Bogotá- las malas amistades se cortan las uñas en público. Se odian por eso, claro. No hay nada peor: saben que cortarse las uñas en público debía ser castigado por la ley, posiblemente con la amputación de los dedos ofensores, pero aún así, sentados en un parque o en el transmilenio o en un bus ejecutivo yendo a toda por la séptima rumbo al Hacienda Santa Bárbara, las malas amistades se cortan las uñas y con el clic clic clic sonoro del cortauñas marcan el pasar del tiempo para los espectadores desprevenidos.

Hay música en ese sonido. Es la música de la civilización, de un animal cortándose las garras para poder saludar, sin herir, a otro animal como él. Al hacerlo en público las malas amistades le dicen al mundo, al vecino de puesto, a la ciudad que pasa por la ventana, al cielo y las nubes, que no están dispuestas a dejar que sus uñas continúen creciendo hasta volverse armas mortales, sacaojos, taladragargantas, matapiojos, rascaespaldas. Porque las malas amistades son, después de todo, lo más de civilizadas. Por eso se cortan las uñas en público.

fragmento telefónico (1)

-Quihubo, que más…

-No, nada, acá.

-¿Acá en Bogotá?

-No, acá en Nueva York.

-Ah.

-Pero acá también es acá.

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cosas maravillosas (1): la superficie del agua

Las malas amistades, si pudieran, si fueran tan pequeñitas y ligeras y perfectamente diseñadas como un zancudo, se pararían en el agua también. Aprovechando eso que llaman la tensión superficial de los líquidos, pero que en verdad no tiene nombre, y es la frontera esa fabulosa entre el agua y lo que no es agua, el aire, el oxígeno, lo que respiramos y en donde nos movemos los mamíferos no acuáticos.

De niños las malas amistades podían pasar horas frente a la alberca, dentro de la alberca, alrededor de la alberca. Olían el cemento húmedo, acariciaban el agua ligeramente, miraban su reflejo en la superficie opaca y brillante hasta quedar bizcos, botaban al agua cosas que flotaban y otras que no. Ciertas de esas actividades han perdido su atracción, pero eso de acariciar el agua para encontrar el punto exacto donde el agua termina y el aire comienza sigue siendo lo máximo.