Un poco charrito

El Charrito de Oro
Carta No. 1430 —Pedro José Viñales. Barrio Jiménez Abajo. Río Grande, Puerto Rico, muchas gracias por tu amable cartita, te agradezco tus saludos y buenos deseos. Qué bueno que le prestes tu revista a tu amiga que es pobre. Salúdame a tu papá y dile que lo felicito por ser Jockey. Recibe tú saludos de todos nosotros. Sigue escribiendo —El Charrito de Oro

diario del champán (1)

A continuación las malas amistades reproducimos algunas entradas en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (para una breve crónica de su partida, ver acá).

Día 1

El mar es muy grande. La inmensidad no deja de atormentarme. Navegamos toda la noche y esta mañana, al salir el sol, no había nada a nuestro alrededor, sólo agua y agua y agua. Tres de los marinos resultaron tener estómagos frágiles y se pasaron la mañana doblados sobre la baranda, vomitando y aullando quédamente. A mediodía traté de reconfortarlos pero los rastros de vómito en las comisuras de sus labios me dieron tal repugnancia que no pude más que verlos con horror. No creo que les haya molestado, su enfermedad los ha hecho replegarse en sí mismos; apenas tienen energía para sentir el malestar que los invade, sin ver o entender nada de lo que los rodea.

Los demás hombres están bien. Siempre hay cosas por hacer y eso me tiene aliviado. Antes de la partida temí que tuvieran demasiado tiempo libre y que comenzaran a dudar del sentido de este viaje exploratorio. O de que se hubieran molestado por mi decisión de partir en medio de la noche, cuando todos estaban dormidos.

Entre las cosas para hacer: encerar la cubierta, ordenar los camarotes, limpiar las gallinas, recolectar los huevos y ponerlos en orden, cocinar… eso además de las actividades ya básicas de navegar este velero, ponerle cuidado a las velas y al timón y a las mareas y a los signos premonitorios que a veces se presentan y que deben agarrarse firmemente y procesarlos rápidamente, antes de que se evaporen. Claro que en eso los hombre no pueden ayudarme mayor cosa.

diario del champán (2): La muerte de Arteta

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (la primera entrada del diario está acá).

Día 5

Los hombres están desconsolados tras la muerte de Gonzalo Arteta. Arteta se enfermó apenas soltamos amarras y no hacía más que vomitar por la borda. Cada vez que yo salía de la cabina para ver en qué andaba las cosas, a coordinar el buen funcionamiento del velero y a mantener alta la moral de los hombres, veía a este Arteta recostado, con la cara blanca como una bandera de la paz, mirando las estelas producidas por el casco del Sed de Champán alejándose hacia el mar infinito y respirando rápidamente.

Un par de veces fui a dónde él y le pateé las costillas a ver si reaccionaba, pero sin efecto alguno. Apenas volteó a mirar al cielo con la misma mirada vacante. Era como si fuera el cielo mismo, que en ese momento estaba clarísimo y azul, sin una nube, le hubiera dado la patada y él apenas tuviera energía para reaccionar lanzando miradas lastimeras. Me preocupaba su salud, claro. Pero me preocupaba más todavía que los demás hombres siguieran su ejemplo y se tiraran con él ahí, a vomitar sin parar y mirar cielo y mar pasando por encima y por debajo del barco, sin trabajar ni hacer mayor cosa.

A Arteta le hacían falta ganas de vivir. Según quienes lo conocían en Bogotá trabajó en la bolsa de valores antes de la gran catástrofe. Cuando el mar subió no hubo necesidad de bolsas de valores ni de Arteta ni de muchos más. Sospecho que eso le destrozó el alma, el corazón y el intelecto. Desde antes de partir el tipo me pareció sospechoso. Caminaba sin caminar. Era algo así como falta de ganas, aunque más radical. Era como si le hubieran abierto el alma, le hubieran vaciado por completo la parte en dónde van las ganas y luego hubieran rellenado ese espacio vacío con aserrín. Y luego lo hubieran cerrado y mandado a caminar por el mundo. Así llegó a mis manos y así se fue.

Igual, los hombres están muy apesadumbrados. Es raro como en situaciones asi se crean lazos entre personas que básicamente no tienen nada en común. No sé qué hacer con su cadáver. Puedo echarlo al mar o dárselo de comer a las gallinas. Creo que los hombres resentirían lo segundo. Pero el ahorro en concentrado (todavía tenemos bastante, pero no tengo la menor idea de cuándo conseguiremos más) puede compensar un par de horas de resentimiento y furia. No sé, hasta ahora no he tomado ninguna decisión.

diario del champán (3): plumas y humo

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (la entrada anterior del diario está acá).

Día 6

Al final dejé que Arteta se fuera con el mar. Lo de las gallinas me pareció de mal gusto. De hecho me dio vergüenza haberlo pensado. Hay poquitas cosas sagradas en la vida y morirse es una de ellas. Vivir es la otra. Y ya.

Lo atamos con una sábana blanca, lo pusimos en el agua y lo dejamos ir. El viento no soplaba mucho y aunque las velas estaban echadas, avanzábamos muy lentamente. Lo veíamos ahí, como una mancha blanca en medio del mar. Y un pájaro gigante se le paró encima. Desde el barco veíamos que la sábana ya estaba empapada. Y encima de él, los pies amarillos del ave, daban saltitos, trataban de acomodarse sin poder hacerlo del todo porque Arteta flotaba inestablemente. Algunos de los hombres se sintieron conmovidos por la imagen, como si la gaviota fuera su alma o algo así. Pero la naturaleza no es tan benévola. La gaviota comenzó a picotearle la cabeza.

Los hombres salieron de su romanticismo y comenzaron a gritarle al ave que los volteaba a mirar irritada, impaciente. Yo les dije que si este avichucho se lo iba a comer podríamos habérselo dado a las gallinas, que igual daba lo mismo. Pero no me estaban escuchando. Les dije que al menos conocíamos a nuestras gallinas y eventualmente vengaríamos el sacrilegio de Arteta comiéndonolas, pero, de nuevo, nadie me escuchaba. Todos estaban al pie de la borda gritándole a la gaviota que los miraba con ojos amarillos y fríos. Pura impasividad.

Y, habiéndole quitado la sábana, comenzó a picotearle la cara. Ya nos habíamos alejado lo suficiente como para no poder ver exactamente qué picoteaba, pero sí se la veía subir y bajar el cuello coronado por el pico amarillo. Alguien fue a su camarote y sacó una pistola lanza-señales. Gritó de nuevo y le disparó. Vimos la hilera de humo, lenta y torpe, salir del barco. El pájaro estaba tan distraído picoteando que no vio la bengala venir y vimos una explosión de luces y de plumas y después humo y calma y el mar gris.

Arteta estaba bocabajo. El viento que habíamos estado esperando, del sur, finalmente llegó y nos alejamos por fin de su cuerpo. Eso pasó hace más de medio día y todavía siento un nudo en la garganta. Qué vida esta.

diario del champán (4): huevos

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (las entradas anteriores del diario pueden verse acá).

Día 12

He estado pensando últimamente en huevos. En los huevos de gallina que tenemos ahí sentados, bajo cubierta. Me ponen nervioso.

Sueño todas las noches con huevos. Anoche, por ejemplo, soñé con un tipo que hacía malabares con huevos y sombrillas. Yo estaba en el Parque Nacional, recostado en mi chaqueta mirando al cielo. Y llegó este tipo con un enjambre de gente acompañándolo y se me hizo al frente y toda esta gente me rodeó y me tapó el cielo y tuve que pararme a ver lo que era. Este man tenía como cinco huevos en sus manos y los hacía subir y bajar en el aire y tenía también una sombrilla azul que también hacía girar en el aire y la gente lo adoraba, aplaudía sin parar y gritaba. Y los huevos se le cayeron al piso y se rompieron y él se quedó mirando los restos y dijo “vámonos, entonces”.

Empezó a irse y la gente caminó detrás de él y yo me quedé atrás, sentado de nuevo en el pasto y sobre la chaqueta. Y él se volteó a verme y me hizo un gesto de que lo siguiera y la gente esa que lo seguía me miró sonriendo, se veían todos amigables y queridos, así que decidí irme con ellos, pero mientras me paraba y cogía mi chaqueta se habían alejado mucho, ya casi no se veían y traté de correr pero no avanzaba nada, que era raro porque estaba haciendo mucho esfuerzo. Voltée a ver si había algo frenándome y vi que tenía un pie metido en un hueco. Un hueco que se abrió en la tierra donde había caído uno de los huevos. Y traté de jalar la pierna para liberarme. Había ya casi perdido de vista a la gente esa y por más que hacía fuerza el pie ese no salía de ese hueco-huevo. Y por fin ya no los vi más y me caí al piso, extenuado. Y me desperté sudoroso, con un pie atrapado entre el colchón y la pared.

Estoy pensando pedirle al cocinero que no cocine nada más que huevos hasta terminar con ellos. Creo que sólo así podré dormir en paz.

Diario del champán (5): aguamala

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (las entradas anteriores del diario pueden verse acá).

Día 18

No sé en donde estamos exactamente. Los mapas antiguos no sirven de nada ahora que el agua ha cubierto la gran mayoría del planeta. Para lo único que sirven es para ver en dónde estaban las montañas, que es en dónde podremos encontrar la nueva Bogotá. Yo tato de entusiasmarlos con la idea pero todos están apáticos y es imposible no sentirse contagiado del desgano. Es increíblemente aburrida la vida en este barco. El horizonte oscuro e infinito da pesadillas.

Yo no sé cómo resistió Colón y toda esa gente viajando en barco entre el viejo y nuevo mundo. Yo no podría hacerlo. Y mis muchachos tampoco. Es que no pasa nada. Nada. Y en desesperación por ese vacío pasan cosas. Y no sabe uno si agradecer que por fin pasó algo o lamentarse, porque en general lo que pasa es como malo.

Por ejemplo, la única diversión es pescar. Obviamente no tenemos televisión ni nada así. Hay un cerro de revistas Carrusel y de Selecciones del Reader’s Digest pero no dan ganas de leer, no sé a quién se le ocurrió empacar eso, pero la combinación del bamboleo del barco con la prosa de esas revistas da mareo.

Así que sólo queda pesacar. A veces alguien encuentra algo. Ayer, por ejemplo, alguien sacó del agua una media velada. Y la subió al barco. Y, de puro aburrimiento, los muchachos empezaron a molestar con ella, a darse fuetazos con la media mojada y cosas de esas. Por fin Raúl, que no hace más que payasear, se la puso en la cabeza como una máscara de ladrón de película. Y resultó que tenía un aguamala adentro. El pobre Raúl gritaba y gritaba y todo el mundo creía que era en chiste y se reía, hasta que de despencó del dolor. Al final le quitaron la media y ahora tiene la cara toda quemada.

Diario del champán (7)

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (las entradas anteriores del diario pueden verse acá)

Los loros son increíbles. Ya murieron dos, pero los otros tres son la cosa más maravillosa que haya visto jamás. Todos en el Sed de Champán andamos encantados con estas criaturitas. Son inteligentes y leales y cascarrabias y se paran en cubierta mirándolo todo con una seriedad aterradora, como si quisieran irse al infinito y percharse sobre la línea del horizonte.

Les damos maní de comer y pedazos de pescado. También pollo y huevos revueltos. Algunos hombres dicen que los estamos malcriando, que es pecado, que es puro canibalismo alado lo que estamos haciendo con los huevos revueltos. Yo les digo que se callen. Que son huevos de gallina y que es igual que nosotros andar comiendo cerdo, que los cerdos son casi humanos. Y los cerdos, en este barco, son materia de adoración y salivación y los tipos estos que critican, enfrentados a la idea de que comer cerdo pueda ser cosa mala, se callan y dejan que les demos más huevo a los loritos.

Puede ser canibalismo, pero les encanta. Y sobre si es pecado, no creo que los animales puedan pecar.

Creo que uno de los loros tiene un afecto especial por mí. A algunos de los hombres eso les molesta. Quisieran que el afecto fuera todo democrático. Pero ¿qué? La democracia sólo existe imaginariamente. En realidad todos somos diferentes. Eso lo sabe hasta el lorito que tanto me quiere (y al que le puse Ramón).


las joyitas…

Bisutería, joyas, anillos, pulseras, collares.

Cuánto brillo, cuánto destello, cuánta piedra plástica preciosa. Porque uno se lo merece todo. Lo mejor y lo peor. Joyas de fantasía y fantasías de joyas. Y tocar música con joyas, no hay nada igual.

amantes solitarios

Normalmente no ponemos canciones acá. Sólo dibujitos y fotos y collages a veces. Y las cosas que escribimos, claro. Pero casi nunca canciones de otra gente. Porque cada uno puede hacer música y ponerla en alguna parte para que la gente la escuche, si así lo quiere.

Pero acá hacemos una excepción, porque esta canción es una joya. Una joya rara, también. Como los anillos hechos con diamantes que traen mala suerte y que hacen que sus portadores terminen siempre calvos, tarde o temprano.

La canción esta es de una muchacha francesa de nombre Lio, aunque en realidad se llamaba Wanda Maria de Vasconcelos. Pero ella canta como Lio, que fue una cosa imaginada por Jean-Claude Forrester, el que se inventó la tira cómica Barbarella. Es decir, esto es lo que pasó cuando alguien con imaginación fabricó a su propia Britney Spears por allá en 1980.

Y la canción esta es un sencillo que ahora está disponible como ‘bonus track’ del disco Premier Album. Y es una canción romántica y triste, desesperada y contenta. Y tiene esos teclados y guitarras new wave que tanto gustan y que hacen pensar en trenes que levitan y en patinadoras con maquillajes estrafalarios y medias veladas blancas. Y está cantada en español por esta chica francesa con apellido portugués y lo mejor es oírla poner los acentos de la manera más rara, para que la canción rime. Y en el medio llega el solo de teclado y las trompetas eléctricas, como pitos de transatlánticos. “Vivir una vida de cine”, dice. Y sí, a nosotros también nos gustaría una de esas.

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Diario del champán (8)

A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (las entradas anteriores del diario pueden verse acá)

Ramón, el loro que tanto aprecio siente por mí, está cada vez más bonito. Tiene las alas largas y una mirada astuta e irritada que intimida a los hombres, pero que a mi me parece enternecedora. Los otros dos loros que sobrevivieron se fueron volando una noche después de comer. Posiblemente se los hayan comido unos delfines o una ballena o se hayan caído al mar y ahogado, porque por acá no hay tierra.

La noche en que se fueron salí del cuarto de mando y sólo vi a Ramón mirando hacia el horizonte y un rumor de alas alejándose. Ramón se volteó a verme y giró el cuello como si le doliera o si quisiera una explicación. Y yo evité su mirada y miré las estrellas que en las noches sin luna acá parecen a punto de devorárselo todo. Me dio pesar con él, nosotros sabemos lo que es la soledad y eso es algo que no le deseo a nadie. Mucho menos a una criatura tan sensible como Ramón que además no puede entretenerse leyendo revistas viejas o pescando o puliendo el piso del barco como lo hacen los hombres acá.

Creo que es por la soledad que siente el pobre Ramón que nos hemos hecho más amigos. Duerme en una percha encima de mi cama y tiene la consideración de no cagarse encima mío, como perfectamente podría hacerlo si así lo quisiera. Por las mañanas, apenas sale el sol, se baja de su percha y comienza a picotearme el pelo, rascándome el cuero cabelludo y comiéndose las lagañas que se han acumulado en mis ojos durante la noche.

Apenas abro los ojos lo veo ahí, al pie mío. A veces con su pico casi en mi ojo.

Los hombres ya se acostumbraron a que Ramón me quiera a mí más que a nadie. A veces puedo sentir sus celos. Pero yo soy el capitán y el que tiene a cargo el bienestar de todos y en el fondo me respetan y me dejan en paz. Ramón los ve así, celosos y apabullados, y el desprecio que siente por ellos crece. A veces le hablo a Ramón sobre eso, tratando de hacerle ver que el desprecio no lleva a ninguna parte, que deje a los hombres en paz.

Y Ramón me mira de lado y grita “PRECIO” y “PAZ”.

algo malo va a pasar

Hay canciones que uno oye sin poderlo creer. Que, apenas se terminan, toca correr a apagar el equipo de sonido o a ponerle pausa al itunes porque lo que se oyó era demasiado extraordinario como para que le siga otro pedazo de música. Como que lo correcto es que el mundo se partiera en dos y todo lo que hay en el mundo se desperdigara por el universo después de eso.

Pero como no pasa, queda uno sentado, rascándose la cabeza o tratando de cerrar la boca, preguntándose cómo fue posible tanta belleza. Preguntándose también si algo así de bello se repetirá en algún momento después. Como en nuestra vida, como si tendremos la oportunidad de ver algo así, de oír algo así, en el momento mismo en que es tocado. Y después uno la pone de nuevo a ver si se había confundido la vez pasada que la escuchó, para darse cuenta de que no, que estaba en lo correcto, que es una cosa increíble.

Y, bueno, hay poquitas canciones así y acá vamos a postear una de ellas.

Sobre la dichosa canción no sabemos casi nada. Sabemos que es de África del Sur, que fue grabada en 1957 y que un amigo nos la mandó por email. Sabemos que hay un instrumento de cuerda –aparentemente de dos cuerdas– y que una mujer canta. Sabemos también que quienes la hicieron eran de la etnia xhosa y que la dichosa canción se titula Algo malo va a pasar. Y no, el título no es invento nuestro.

algo malo va a pasar.mp3

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