Diario del champán (8)
A continuación las malas amistades reproducimos una entrada en el diario de abordo del capitán Galindo, quien, con una tripulación de 25, abandonó a la Bogotá con mar en el velero Sed de Champán (las entradas anteriores del diario pueden verse acá)
Ramón, el loro que tanto aprecio siente por mí, está cada vez más bonito. Tiene las alas largas y una mirada astuta e irritada que intimida a los hombres, pero que a mi me parece enternecedora. Los otros dos loros que sobrevivieron se fueron volando una noche después de comer. Posiblemente se los hayan comido unos delfines o una ballena o se hayan caído al mar y ahogado, porque por acá no hay tierra.
La noche en que se fueron salí del cuarto de mando y sólo vi a Ramón mirando hacia el horizonte y un rumor de alas alejándose. Ramón se volteó a verme y giró el cuello como si le doliera o si quisiera una explicación. Y yo evité su mirada y miré las estrellas que en las noches sin luna acá parecen a punto de devorárselo todo. Me dio pesar con él, nosotros sabemos lo que es la soledad y eso es algo que no le deseo a nadie. Mucho menos a una criatura tan sensible como Ramón que además no puede entretenerse leyendo revistas viejas o pescando o puliendo el piso del barco como lo hacen los hombres acá.
Creo que es por la soledad que siente el pobre Ramón que nos hemos hecho más amigos. Duerme en una percha encima de mi cama y tiene la consideración de no cagarse encima mío, como perfectamente podría hacerlo si así lo quisiera. Por las mañanas, apenas sale el sol, se baja de su percha y comienza a picotearme el pelo, rascándome el cuero cabelludo y comiéndose las lagañas que se han acumulado en mis ojos durante la noche.
Apenas abro los ojos lo veo ahí, al pie mío. A veces con su pico casi en mi ojo.
Los hombres ya se acostumbraron a que Ramón me quiera a mí más que a nadie. A veces puedo sentir sus celos. Pero yo soy el capitán y el que tiene a cargo el bienestar de todos y en el fondo me respetan y me dejan en paz. Ramón los ve así, celosos y apabullados, y el desprecio que siente por ellos crece. A veces le hablo a Ramón sobre eso, tratando de hacerle ver que el desprecio no lleva a ninguna parte, que deje a los hombres en paz.
Y Ramón me mira de lado y grita “PRECIO” y “PAZ”.
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